Las noticias del mundo están llenas de escándalos relacionados con corrupción en altas esferas del poder.  En las noticias locales no es inusual ver casos de corrupción y fraude en gobernaciones, alcaldías y organizaciones, historias de estafas, robos y todo tipo de argucias criminales.

Ya es muy grave que esto pase, pero lo peor realmente es que no nos sorprenda: no nos sorprende que el gobernante sea corrupto, o el empresario o el estafador anónimo, y hay dos cosas notables de esta realidad: que la cotidianidad del fraude es parte del problema y que el fraude no es exclusivo a los poderosos ni a los desesperados. Entonces, ¿Cómo lo erradicamos?

Visto de una forma sistémica, el fraude es una ineficiencia, similar a una fuga en una tubería, y ocurre debido a la falla de uno o más componentes del sistema.

En ese orden de ideas, dos cosas son necesarias para solucionar dicha ineficiencia: mayor control y mejores componentes, es decir: personas y entidades menos propensas al fraude.

Mayor control

¿Cómo se mitiga el riesgo de fugas en una tubería? Hacen falta medidores para notar diferencias de flujo en algunos tramos de la red. 

En la sociedad a gran escala quiere decir más veeduría y una revisión a los sistemas de control existentes, esto para combatir el fraude en organizaciones y gobiernos. En nuestras vidas, quiere decir más agilidad para identificarnos e identificar a otros inequívocamente la afiliación que tiene una persona con una entidad, esto para combatir el fraude proveniente de la delincuencia común y el crimen organizado.

¿Qué tiene que pasar para hacer posibles estas soluciones? Afortunadamente, la tecnología necesaria para detectar anomalías en contratación y compras al interior de entidades ya existe, lo que hace falta es que las entidades se hagan conscientes de la necesidad de implementar estos sistemas de control y trabajen en integrarlas en sus sistemas.

Igualmente, la tecnología para identificación personal existe en variedad de opciones como reconocimiento facial, validación de documentos, reconocimiento de voz, etc. 

En este caso estamos enfrentados como sociedad a renunciar parcialmente a la comodidad del anonimato y vivir en un mundo con mayor responsabilidad de rendir cuentas por nuestras acciones. Esto implica un debate complejo sobre libertades versus seguridad en el que no vamos a entrar por brevedad.

También te puede interesar: Integridad de bases de datos para prevenir el fraude
Reducir la probabilidad del fraude

¿Cómo creamos personas menos propensas al fraude? Para empezar, hay que marginalizar el fraude y la corrupción. Esto implica dejar de celebrar a quienes aprovechan ventajas injustas y trampas para obtener sus objetivos y generar incentivos para la actuación correcta en nuestras familias, empresas y sociedades. Iniciar educando para desterrar el fraude de nuestra cultura.

La idea que necesitamos eliminar es la falsa percepción de que el fraude es un buen negocio siempre y cuando no te atrapen. La realidad es que el fraude tiene un impacto negativo tan grande en el mercado que a largo plazo siempre termina por generar pérdidas incluso a los corruptos. 

Pongamos un ejemplo: un gobernante concede una licitación a una constructora a cambio de un porcentaje del monto licitado para la obra, la constructora realiza la obra con materiales defectuosos, y reparte sobornos para ocultar las huellas de su actuación. Eventualmente la obra se deteriora y debe ser reemplazada o reparada, se abren investigaciones y la constructora debe pagar más sobornos o enfrentar el escrutinio y posiblemente pagar reparaciones. 

En cualquier caso, el dinero de los contribuyentes, incluyendo el gobernante y el dueño de la constructora, se pierde y en lugar de obtener beneficios como mejores carreteras, hospitales o colegios se invertirá en la misma obra que pudo hacerse bien desde un comienzo. Además, los costos de los procesos legales (legítimos e ilegítimos) derivados de las investigaciones socavan aún más las supuestas utilidades del acuerdo tanto para el gobernante como para la constructora. Al final todos pierden.

Una forma de cambiar la cultura para reducir la atracción que ofrece el fraude es crear una red libre de fraude donde las empresas puedan compartir información de empleados o individuos con quienes han sostenido relaciones comerciales y calificar su actuación para recomendar a aquellos que se destacan por su actuación y advertir sobre los que actúan de forma fraudulenta.

El fraude es un problema sistémico que afecta a la sociedad en todas las esferas y escalas, pero no estamos indefensos ante él y, más importante aún, tenemos muchas opciones para combatirlo empezando por desterrar la idea errada de que la única opción que tenemos es resignarnos a vivir en un mundo plagado de fraude y corrupción. El cambio empieza hoy.